
Ahí la tenéis, sumergida al sol. Además de regalarnos estas imágenes paradisíacas, va relatando retazos del reencuentro con su gente, con su país. Todas las argentinas que he ido topándome en mi vida, cuando vuelven, me cuentan cómo les flipa el machismo, sobre todo el de las mujeres. ¿Qué se puede esperar de un país colonizado a medias entre españoles e italianos? Menuda mezcla... Y que nadie piense que estoy mirando la paja en el ojo ajeno: no tengo nada por lo que presumir de mi país, sea el que sea. Sólo que las agudas observaciones de ellas, siempre me hacen repensarme. Ya que todavía no he cruzado el charco -un kilo de coca ha viajado más que yo-, sus relatos me trasportan. No os perdáis este de Sofía... Nena, sigue escribiendo, me tienes cautivada!!!!!!!
Con la llegada de mis familiares de Italia, me vi a mi misma interpretando el papel de servidora, por la simple razón de apoyar a mi mama híper sobrecargada de obligaciones y por ser, aunque invitada, también anfitriona. En total son ocho, de los cuales seis son hombres, mas los otros dos del elenco estable de casa, ocho nuevamente. Los ocho hombres de mi familia suelen ser muy alegres, buenos y cómodamente inútiles en el ámbito domestico. Por otra parte, los dos hombres de la casa cuentan poco como anfitriones, y las mujeres invitadas, son eso, invitadas. Es por eso que mi mamá y yo, no paramos de servir y poner orden. Todavía no estaban desarmadas sus maletas, pero no se como, si lo estaba la casa. Básicamente me dedique, entre otras cosas, a recoger vasos de todos los rincones, a enseñarles el complejísimo uso del microondas, a fregar platos y a ponerysacar la mesa. Tras ya algunos días de convivencia, uno de los chicos se me acerca, te ayudo? Y yo pensaba por que a mi? por que no te ayudo yo a vos? (El verbo ayudar me resulta engañoso, presupone obligaciones o libertades según seas sujeto u objeto directo.) Aun así, nunca dejaba pasar la oportunidad para hacerles ver lo que era evidentemente necesario hacer. Acostumbrada al autoservice y autosuficiencia, no dejaba de molestarme la mentalidad servicial italiana sudamericana. Con bastante resignación y alegría, desorden y algún reproche fueron pasando los días.
Todo cambió en el mismo instante en que partimos mis tres primos, mi hermano y yo, en el Fiat cargado de bolsos hacia Uruguay. Deje mi rol de anfitriona-servidora en casa. Automáticamente, pasé a ser uno más de ellos. Pasé a estar completamente inmersa en cilindradas, F-cienes, miles de centímetros cúbicos y nosecuantos caballos, chistes escatologicos, tetas como melones y el culo como un pan dulce, por no hablar del constante vaho que me fumé en los escasos dos metros cuadrados del coche. Fue como viajar en el tiempo. Casi como tener ocho años, esa edad en la que no pensas mas que en jugar, no tenés obligaciones y te reís de los pedos. Un extraño sentimiento de liviandad, de despreocupación. Y así seguí los siguientes días, siendo cada vez mas despreocupada y mas desordenada que todos ellos. No moví un dedo. No me preocupé por nada, dejé todo en el lugar donde había caido, y hasta me dediqué a desordenar aún más, al fin y al cabo, alguien en algún momento lo iba a ordenar. Cuando los hombres están solos, a falta de mujeres, siempre hay alguno más femenino que se dedica a ordenar algo un poco. Ese no fui yo. Yo fui el más macho de todos ellos. Yo fui el macho dominante.
La única gran diferencia entre ellos y yo, era que ellos nunca serían conscientes de todo esto, y ni mucho menos, se sentarían a escribir al respecto. Lo natural e inherente es imperceptible. Lo mío fue como hacer un atípico taller informal y doméstico, sin la necesidad de pegarme pelo en el bozo ni ponerme paquete en el pantalón. Yo seguí con mis bikinis y depilándome la entrepierna, pero con actitud de macho. Comentando culos y tetas en la orilla, y viendo a sus portadoras como presas de caza y trolas. Totalmente despreocupada por cualquier tipo de tragedia mundial, formalismos sociales y limpieza doméstica. Y todo esto, me salía hasta con cierta naturalidad, hasta tal punto que me sorprendí a mi misma dirigiéndome hacia mi cuñada, te ayudo? Ahí caí en la cuenta. Ahí se rompió el hechizo. Con la entrada de otras damas hacendosas en nuestra casa del bosque. Con mi cerebro aún masculinizado sentí con molestia y desprecio sus miradas de reproche y victimización. (Y por supuesto que mi liviandad destacaba aún más por llevar falda). Noté la incapacidad de ellas de seguir la fiesta, de divertirse y pasarla bien para acto seguido, poder reprochar algo. Es ese victimismo inútil y aguafiestas el que marca aún más la diferencia de roles. Pone a las mujeres argentinas en el lugar de la típica histérica tocapelotas, sumisa y servidora y a los hombres en sibaritas relajados y alegres protagonistas. No vale la pena.
Mañana ya se van mis primos. En estos días de ocio en familia, aprendí mucho de los hombres, y a cómo dirigirme hacia ellos. Es mucho mas útil y divertido ser una alegre aliada que una victima servicial, y no dejar que un plato sucio fuera de lugar arruine tu momento. Es mucho mejor para vos, y para ellos.

Ahí está: reapropiándose alegremente del espacio de los hombres.
Los modelos de hiperfeminidad argentina siempre me han dejado con la boca abierta. ¡Yo soy una camionera al lado de ellas! Mi primer marido Sandro me ha ido descubriendo a toda una panda de divas terroríficas: mil horas delante del ordenador muriéndonos de la risa e imitándolas. La gran dama cacatúa de la televisón Mirta Legrand hablando sobre transexualidad... ¡Impagable! Susana Giménez, vedette metida a Oprah Winfrey (Maro: disculpa la comparación) y aquella inolvidable pregunta que le hizo por televisión a una paleontóloga cuando la profesora le contaba que iban a inaugurar un museo de la prehistoria en la Patagonia y que traerían un dinosaurio, a lo que la Giménez inquirió: ¿VIVO?... Para Silvia Suller no tengo palabras. Desafortunadamente, de you tube desapareció una mítica entrevista que le hizo la anterior, cuajada de perlas irreproducibles. Soy un desastre cargando vídeos, pero si tenéis una tarde tonta y aburrida, deleitaros con el programa "Mujeres Asesinas" y la historia de Yiya Murano, adinerada señora de una familia de milicos que envenenó a sus cuatro mejores amigas con las masitas del té, encarnada magistralmente por la incorrupta Nacha Guevara, quien apoyó a la fascistoide Cristina Fernández en las últimas elecciones generales... Y el alegato feminista que se larga la asesina múltiple al principio del programa... El hembrakismo argentino es tan inspirador...
Aquí Sandro con mis ropas en otra piscina, en la antigua casa de la Helen hace... dos veranos. Para terminar, os preseto a la gran Coca Sarli, actriz de cine erótico de serie B y la primera en desnudarse integralmente en las pantallas argentinas. Este fragmento no tiene desperdicio: la institutriz bollera tratando de aferrarse vanamente al cuerpo de la Sarli o ella duchándose recorrida por mil espasmos, taaaaan natural... Mientras, afuera, empieza a nevar por fín.



